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| Las cuatro palmas |
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Era el 12 de agosto de 1851. Ya no se precisaba silencio. Habían cesado el redoble de los tambores y la descarga de fusilería que segara la vida, en la Sabana de Beatriz Méndez, a Joaquín de Agüero y tres de sus compañeros de armas. Ellos, junto a otros hombres, se habían declarado en rebeldía contra España el 4 de julio de 1851. Y habían firmado una Declaración de Independencia, la primera aprobada en los campos de Cuba libre, en San Francisco de Jucaral. Las familias distinguidas cerraron sus casas en la ciudad y se retiraron a las fincas. Se suspendieron todas las fiestas sociales y privadas en señal de recogimiento. Y las mujeres se cortaron sus abundantes cabelleras en demostración de luto y protesta, luego de circular una cuarteta conminatoria: Aquella camagüeyana
Con el pretexto de embellecer la plaza, y con la venia del municipio, se habían traído y plantado las palmas en los cuatro cuarteles en que se dividía aquella. La palma que estaba frente a la Sociedad Filarmónica, representaba a Joaquín de Agüero; la que estaba junto a la torre de la Parroquial Mayor, en recuerdo a Fernando de Zayas; la de la sacristía del templo, a Miguel Benavides; y la restante a Tomás Betancourt. Al estallar la guerra en 1868, trascendió el simbolismo de las cuatro palmas y no faltaron los intentos de los integristas para derribarlas. El visitante del actual Parque Agramonte verá junto a la estatua de Agramonte —y a la tarja que en la base de este monumento recuerda a Francisco (Frasquito) Agüero, primer mártir de nuestra independencia, ahorcado en 1826— cuatro palmas que hicieron exclamar a la insigne patriota Domitila García de Coronado: «[...] las palmas que se elevan enhiestas, y sus penachos parecen la cimera del casco de un gigante guerrero. ¡Árbol bello, símbolo del martirio, de la victoria [...]; que la nueva generación cubana a tu sombra libre y feliz eternamente sea!». Texto: Héctor Juárez Figueredo.
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